Editorial. Giordano Bruno, un agitador de las conciencias libertarias

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Editorial

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Sánchez Jiménez, W., & Sánchez Ortiz, M. (2017). Editorial. Giordano Bruno, un agitador de las conciencias libertarias. Criterio Libre Jurídico, 14(2). https://doi.org/10.18041/1794-7200/criteriojuridico.2017.v14n2.4779

Resumen

Giordano Bruno, un agitador de las conciencias libertarias

Por Manuelita Sánchez Ortiz y Wilson Sánchez Jiménez

Giordano Bruno nació cuatro años después de la muerte de Camillo, en 1548. Entró en orden Dominicana en 1563. Educado en el convento dominico de Nápoles, su educación debió de incluir una intensa concentración en el arte de la memoria, pues los congestorios, fusiones y complicaciones que en esa tradición habían crecido al socaire de los preceptos ad herenianos, tal como los encontramos en los tratados de Romberch y Rosellius, entraron en tropel en los libros brunianos sobre la memoria. Según las palabras que, tomándolas de los propios labios de Bruno, anotó el bibliotecario de la abadía de Saint Víctor de Paris, a Bruno ya se le conocía como experto en la memoria antes de que dejarse la Orden Dominica (Yates, 2005).

El filósofo Giordano Bruno, rumió en el silencio monasterial de las pétreas Abadías, todos los textos fundamentales de la época clásica de la luminosa Grecia; durante años de lectura rigurosa y retiros espirituales, se dedicó a estudiar con detenimiento, toda la amplia teoría ética, física y lógica de la tradición antigua, con ello logro hacer temblar los postulados teológicos del establecimiento de la iglesia institución (la iglesia católica). La expulsión de Giordano Bruno de la orden Dominica, señalado de hereje; su persecución y posterior condena a la hoguera, por los altos jerarcas de la iglesia, deja en evidencia el dogmatismo y el ejercicio violento de esta institución sobre quienes afirmaban en aquella época una concepción distinta del mundo. La muerte de Bruno, hasta el día de hoy, aún sigue demostrándole al mundo entero que, los discursos hegemónicos se abrogan del poder de hacer vivir y hacer morir, de imponer la noción de verdad de unas minorías sobre las mayorías, y esto sigue siendo una constante en las relaciones de poder que los poderosos han impuesto a sangre y fuego sobre los pueblos en todo el planeta.

La muerte de Giordano Bruno muestra la censura llevada a cabo por la Iglesia católica del siglo XVI en contra de aquellos filósofos, científicos, sabios y demás, que iban en contra de las pretensiones hegemónicas de la Iglesia y que ponían en duda los juicios de valor emitidos por esta institución aliada con los poderes reinantes tal como lo podemos ver en el libro Giordano Bruno: El arte de la memoria, citado líneas arriba.

Ángel J. Cappelletti en el prólogo al libro “Sobre el infinito universo y los mundos” muestra algunos rasgos de la personalidad de Giordano Bruno: “Alaba Bruno, sin duda, en Copérnico la concepción heliocéntrica, pero le reprocha el no haber extraído todas las consecuencias cosmológicas que, según su propia interpretación, deben extraerse de ella. En consecuencia, con una cierta impudicia muy renacentista, que se escuda apenas en citas poéticas y consideraciones retóricas, hace luego un incondicionado elogio de sí mismo, y de la propia filosofía: “He aquí a aquel que ha abarcado el aire, penetrado el cielo, recorrido las estrellas, traspasado los límites del mundo, hecho desaparecer las fantásticas murallas de las primeras, octavas, novenas, décimas y otras esferas que se habrían, podido añadir, según las opiniones de vanos matemáticos y la ciega visión de vulgares filósofos”. El abrió los claustros de la verdad, desnudó la oculta naturaleza, dio vista a los ciegos, soltó la lengua a los mudos, hizo andar a los cojos del espíritu. Por él sabemos que si viviéramos en la Luna o en las estrellas no habitaríamos un mundo mejor sino quizás peor que éste. Gracias a él conocemos la existencia de millares eje astros que contemplan al universal, eterno e infinito eficiente; nuestra razón no está ya aprisionada por los grillos de fantásticos móviles y motores; sabemos que no hay más que un solo cielo inmenso, en el cual los astros se mueven y participan de la vida perpetua. Descubrimos, con él, el efecto infinito de la infinita causa y aprendemos a no buscar lejos de nosotros a la divinidad, que está dentro de nosotros y más próxima a nosotros que nosotros mismos”. (Bruno, 1584)

El maestro Ángel J. Cappelletti se sorprende de algunos pasajes de Bruno, en relación a la idea del universo mismo que el filósofo sostenía, es decir, una serie de osadas pero lógicas consecuencias, reflejadas en las siguientes líneas en vos de Cappelletti: El universo, en cuanto está formado por un alma única, constituye un conjunto o, por mejor decir, un todo animado. El universo es, pues, un grande y sagrado animal: animal, porque dotado de auto-movimiento y de vida; grande, porque incluye en sí todos los seres y llena todos los espacios posibles; sagrado, porque su alma, esto es, el ser de su ser, es Dios. Más aún, todas las cosas que integran el universo están dotadas de alma y de vida, ya que en todas ellas está presente una forma que es principio de su propio movimiento. “Todo está lleno de dioses”, podría haber exclamado Bruno, como, según se dice, exclamó Tales. “También aquí hay dioses”, podría haber respondido ante las objeciones de sus adversarios, como Heráclito exclamó, invitando a sus visitantes a que se acercaran al fuego. “Cualquier cosa, por pequeña y mínima que sea –dice Bruno–, tiene en sí una parte de substancia espiritual, la cual, si encuentra dispuesto al sujeto, se desarrolla en planta o en animal y recibe los miembros de un cuerpo que, por lo común, se llama animado: porque espíritu se encuentra en todas las cosas y no existe un mínimo corpúsculo que no contenga en sí una parte que lo anime.” (Bruno, 1584)

Los postulados cosmológicos de Bruno, más allá de ser una objetividad científica que puso en tela de juicio toda la estructura teórica de la Iglesia, fueron recibidos por el poder eclesiástico, como razones negativas para el poder instituida de la Iglesia católica, pues permitieron vislumbrar que, siendo esta institución tan importante en la época, se podían generar planteamientos distintos a los eclesiásticos.

La lista de cargos en contra de bruno por los unilaterales tribunales eclesiásticos de la época se puede resumir en las siguientes:

  1. Tenía opiniones distintas a fe católica, hablar contra ella y sus ministros
  2. Tener opiniones distintas a la fe católica sobre la trinidad la divinidad de cristo y la reencarnación no entendía que el espíritu santo fuera una tercera persona
  3. Creía que la vida de dios no es eterna
  4. Existen múltiples mundos
  5. Negaba el pecado original la presencia de cristo en la eucaristía

A manera de conclusión

En los tiempos actuales, Giordano Bruno sale de la historia para hacerse vigente en la actual coyuntura política de Colombia, pues como todos los saben, el discurso hegemónico de los violentos poderes que hoy gobiernan el planeta y en particular Colombia, han instaurado un tipo de verdad unánime que pretende ser no cuestionada, no introvertida, no denunciada, no develada. Aún la iglesia y el Estado siguen identificando al pensamiento propio y autónomo de la sociedad, de las comunidades como un elemento de peligroso que debe ser conjurado por el poder coercitivo. El conocimiento es poder, la educación, las ideas los hombres y mujeres libres representan un peligro para este tipo de poderes fácticos que desprecian la vida y adoran las cosas. Las voces de los oprimidos, claman por justicia, claman por verdad y reparación, claman por la paz estable y duradera, claman por un mundo entre los humanos, humano demasiado humano. Giordano Bruno es un auténtico agitador de las conciencias de todos los tiempos y será evocado por su pensamiento libertario ante las verdades selladas por los discursos hegemónicos.

https://doi.org/10.18041/1794-7200/criteriojuridico.2017.v14n2.4779

Citas

Bruno, G. (1584). No universo infinito e nos mundos. Londres: Aguilar segunda edição.

Yates, F. A. (2005). A arte da memória. Madrid: Edições Siruela S. A.

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