Nadie es lo que parece
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Cómo citar

Leal Larrarte, S. (2015). Nadie es lo que parece. Interacción, 14, 195-198. Recuperado a partir de https://revistas.unilibre.edu.co/index.php/interaccion/article/view/2346

Resumen

La turba se agolpó frente a la casucha de madera, en la que la yerba comenzaba a crecer por entre las juntas. Un par de ojos temerosos se asomaron por una rendija, pero tan sólo pudieron ver el odio en los demás. Las ventanas estaban clausuradas con unas tablas clavadas a través, como solían hacerlo algunas familias que se marchaban con el fin de hacer algún dinerillo lejos para luego regresar; creían que así protegerían sus enseres, pero realmente nunca regresaban, ni protegían sus pertenencias. El frío no amedrentó a los aldeanos, como tampoco los asustaron las maldiciones ni el ataque de los perros que ella mandó contra sus perseguidores. Estaban parados ahí, frente a la puerta, con sus antorchas levantadas esperando. Bastaría tan sólo una incitación, una palabra, un movimiento brusco o un grito y la choza ardería. Al parecer la expectativa de un linchamiento los excitaba más que pensar siquiera en la posibilidad de que se estuvieran equivocando en su juicio, como tantas veces ella lo había gritado. Miró a su alrededor buscando algo que la pudiera salvar, una puerta, una abertura que nadie hubiera visto, algo que le permitiera escapar. Sólo encontró escombros, restos de los muebles y utensilios de la gente que antes habitó ese lugar. Pensó rápido, los cuencos oxidados, los restos de pólvora que podían quedar en el arcabuz que estaba colgado en la pared, un pedazo de estiércol seco. Meditó un segundo y se dio cuenta que con eso podría fabricar algo que los asustaría. No lo sabía, pero en un futuro alguien llamaría a aquello Sal de Chile.

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