El Impacto de las Relaciones de Género en la Migración Calificada: el Caso de las Mujeres Mexicanas y Colombianas**

 

Alessandra Ciurlo[1]

Sara Salvatori[2]

 

Resumen

El presente artículo se propone analizar de manera comparativa el impacto de las relaciones de género en la experiencia migratoria de mujeres calificadas. Los contextos de estudio refieren, por un lado, a las mujeres mexicanas que de Monterrey se dirigen a Houston y, por otro, a las mujeres colombianas que emigran hacia Buenos Aires. La comparación se realiza mediante la articulación de las variables género, posición social, etnia y origen nacional en las diferentes fases del proceso migratorio, motivado en los dos casos bien sea por razones de trabajo y/o de estudio. Las investigaciones han sido desarrolladas a partir del metodo cualitativo mediante la realización de entrevistas semiestructuradas e historias de vida.  Los resultados evidencian cambios y permanencias de los roles de género con procesos de re-tradicionalización que, en conjunto, plasman la auto-representación y percepción del ser mujer de las migrantes.

 

Palabras clave: mujeres calificadas, migraciones femeninas, relaciones de género, interseccionalidad, mercado laboral

The impact of gender relations in qualified migration: The case of Mexican and

Colombian women

Abstract

This article aims to analyze, in a comparative way, the impact of gender relations within qualified women migration experiences. The study contexts include, on the one hand, Mexican women who depart from Monterrey to Houston and, on the other, Colombian women who migrate to Buenos Aires. The comparison is made by articulating some gender, social position, ethnicity and national origin variables, along with the different phases of the migratory process which is motivated in both cases, because of work and/or study purposes. The investigations have been developed though a qualitative method by means of semi-structured interviews and life stories. The results show changes and permanence of gender roles with re-traditionalization processes, which together, reflect the migrants’ self-representation and their perception of “being a woman”.

Keywords: qualified women, female migration, gender relations, intersectionality, labour market

Análise comparativa entre migrantes mexicanos qualificados em Houston e migrantes colombianos em Buenos Aires

Resumo

Este artigo visa analisar, de forma comparativa, o impacto das relações de género na experiência migratória de mulheres qualificadas. Os contextos de estudo incluem, por um lado, mulheres mexicanas de Monterrey para Houston e, por outro, mulheres colombianas que migram para Buenos Aires. A comparação é feita através da articulação das variáveis de género, posição social, etnia e origem nacional nas diferentes fases do processo migratório motivadas em ambos os casos por razões de trabalho e/ou estudo. Os resultados mostram mudanças e permanência dos papéis de género com processos de re-tradicionalização, que em conjunto reflectem a auto-representação e a percepção de "ser mulher" dos migrantes.

Palavras-chave: mulheres qualificadas, migração por estudo, relações de género, interseccionalidade, mercado de trabalho

 

Analyse comparative entre les migrantes mexicaines qualifiées à Houston et les migrantes colombiennes à Buenos Aires

Résumé

Cet article vise à analyser, de manière comparative, l'impact des relations de genre sur l'expérience migratoire des femmes qualifiées. Les contextes d'étude comprennent, d'une part, les femmes mexicaines se déplaçant de Monterrey à Houston et, d'autre part, les femmes colombiennes qui émigrent à Buenos Aires. La comparaison est effectuée en articulant les variables de genre, de position sociale, d'ethnicité et d'origine nationale dans les différentes phases du processus de migration, motivé dans les deux cas par des raisons de travail et/ou d'études. Les résultats montrent des changements et des aspects qui retent invariables dans les rôles du genre avec des processus de re-traditionalisation qui, dans l’ensemble, reflètent l'auto-représentation et la perception d'"être une femme" chez les migrantes.

Mots clés: femmes qualifiées, migration par études, relations entre les sexes, intersectionnalité, marché du travail

 

Desde hace algunas décadas el flujo de las migraciones calificadas ha aumentado notablemente. Se trata de personas que viajan motivadas con frecuencia por la idea de incrementar su capital humano para poder acceder con posteridad a mercados de trabajo de alta calificación; este es un fenómeno muy amplio que involucra personas de diferentes categorías como estudiantes y profesionales a nivel internacional. De esta manera, al tratarse de un fenómeno relativamente reciente, no hay una definición univoca para conceptualizarlo, sin embargo, existe un cierto consenso en definir al migrante calificado como aquella persona que, habiendo alcanzado un nivel de estudios de pregrado o posgrado, emigra a un país donde no tiene su residencia habitual (Bermúdez-Rico, 2015; Gandini, 2019).

Un elemento significativo que acompaña a las migraciones por razones de estudio es que difícilmente se pueden separar de las migraciones cuyo móvil es el trabajo, pues están mutua y fuertemente imbricadas; es usual que lo primero constituya uno de los canales y estrategias para entrar sucesivamente en el mercado laboral calificado (Bermúdez-Rico, 2015; OIM, 2016; Oumar-Ndiaye, 2017). Para tener una idea en términos de magnitud del fenómeno de los estudiantes con educación terciaria fuera de sus países de origen, basta con acudir a los datos: según la OIM (2016), pasó de 800.000 estudiantes internacionales en 1975 a 4.500.000 en 2012, con una tendencia al crecimiento acelerado a partir del año 2000, configurándose así como uno de los flujos más importantes de las actuales migraciones calificadas (p. 39). Entre las causas que favorecen estas movilizaciones aceleradas, las universidades e instituciones de formación superior públicas y privadas han tenido un rol crucial. De hecho, en las últimas décadas entidades educativas de diversos países han agilizado procesos de internacionalización que prevén la integración de una dimensión internacional, intercultural y global en las funciones de docencia, investigación y servicio de las universidades (Luchilo, 2013). Tales procesos se realizan cuando en las políticas migratorias de los países receptores, se facilita el ingreso de estudiantes extranjeros para que luego estos sean reclutados en el mercado laboral garantizando así mano de obra con ciertas habilidades académicas, sociales y culturales (Hawthorne, 2010; OIM, 2016).

Pero retornando a los datos, y esta vez incluyendo aquellos relacionados con las migraciones calificadas, se puede evidenciar que una de las tendencias principales es el aumento de la incidencia femenina entre dicha población; así, en el área OCDE se pasó de 8.8 millones de mujeres calificadas migrantes residentes en el 2000, a 16.3 millones en el 2010, mientras que los hombres pasaron de 9 a 15 millones en el mismo lapso temporal (Gandini, 2019). Esta es una tendencia que se observa también en el subcontinente latinoamericano, siendo especialmente significativo el movimiento de mujeres mexicanas calificadas que se dirigen a Estados Unidos (Gandini y Ramírez-García, 2016; Ramírez-García y Tigau, 2018) por un lado y, en menor medida, algunos flujos latinoamericanos de estudiantes de tercer y cuarto nivel que se dirigen a Argentina (OIMa, 2016; Pedone 2018) por el otro. Con todo, a pesar del considerable aumento a nivel global de tal situación, este resulta ser hoy en día un tema de escaso interés investigativo (Raghuram 2009; Calva-Sánchez, 2014; Khattab, Babar, Ewers y Shaath, 2020). De hecho, el enfoque prioritario en la feminización de las migraciones ha estado vinculado principalmente al ámbito laboral de baja calificación y a la dimensión familiar —especialmente concentrados en el circuito de las labores de cuidado a la persona—, por lo que se ve favorecida la sobrerrepresentación de los flujos migratorios no calificados que, a su vez, se suma al escaso interés demostrado por el mundo académico hacia los títulos y las competencias de que disponen las migrantes (Koffman y Raghuram, 2009; Dumitru, 2011). Pues, existe una tendencia a devaluar las habilidades de las mujeres calificadas, ya que de manera análoga a las migrantes no calificadas, acceden frecuentemente a trabajos feminizados en el ámbito del care work[3] (Gandini 2019), entre ellos el campo de la salud y la educación (Bolton y Muzio 2008; Oikelome y Healy, 2013; Walton-Roberts, 2015).

Lo anterior se hace muy evidente en el caso de las mujeres mexicanas calificadas que emprenden proyectos migratorios con destino a Estados Unidos. Las dificultades ligadas al acceso a empleos de su nivel de preparación en el lugar de destino hacen que se las identifique, automáticamente, como trabajadoras de baja calificación y que por esto muchas de ellas sigan las pautas de inserción ocupacional de la migración femenina mexicana en general (Gandini, 2019). Esta situación propicia la desvalorización de la fuerza de trabajo femenina que se suma a las complicadas condiciones laborales de su propio país, en donde a pesar de ser profesionales reciben remuneraciones inferiores con respecto a su contraparte masculina y con mucha dificultad llegan a ocupar puestos gerenciales. Asimismo, el enfoque en sectores donde la presencia de trabajadores masculinos calificados es preponderante, da lugar a la errónea suposición según la cual los hombres migrantes mexicanos con una alta formación escolar son más numerosos que su contraparte femenina (Calva-Sánchez, 2014; Rosales-Martínez y Hualde-Alfaro, 2017). Para el caso de las migrantes colombianas calificadas se observa un mecanismo similar de sobrerrepresentación ligada al género, debido en gran medida a que se trata de un campo aún inexplorado y episódico, pese a que existen algunas evidencias empíricas. Bermúdez-Rico (2015a) por ejemplo, señala que en la migración calificada colombiana hacia Estados Unidos las mujeres son más numerosas que los hombres, cubriendo una demanda laboral importante en el campo de la sanidad y de la salud. Sin embargo, los diferentes hallazgos a este respecto parecen ser irrelevantes ya que, como sostiene Pavajeau-Delgado (2018), los estudios sobre migraciones femeninas colombianas se han focalizado prevalentemente en temas relacionados con los vínculos emocionales y asuntos familiares.

En ese orden de ideas, en el presente artículo queremos analizar algunos aspectos de la migración de mujeres calificadas por razones de estudio y trabajo, comparando dos casos de estudio diferentes y centrados en dos rutas específicas: la de Monterrey (México) a Houston (Estados Unidos) y la de Colombia a Buenos Aires (Argentina). Si bien se trata de movimientos poblacionales muy diferentes entre sí, con modalidades y dinámicas distintas, nuestro objetivo es hallar elementos en común ante todo en torno al impacto de las relaciones de género que, junto con la posición social y con el origen nacional, afectan por igual a las mujeres de estos países en sus esferas privada y pública durante el proceso migratorio. Asimismo, queremos observar la reconfiguración de los espacios de acción desde donde las mujeres generan nuevas formas de feminidad para enfrentar los límites implícitos en relaciones de género que las penalizan, tanto en el ámbito laboral como en el interior del núcleo familiar. El análisis, centrado en identificar similitudes entre los dos casos, procede estructurado alrededor de los siguientes interrogantes:

1. ¿Cuáles son los factores que influyen en la decisión de las mujeres calificadas mexicanas y colombianas para emigrar?

2. ¿Cómo atraviesan las relaciones de género, la posición social y el origen de las mujeres, el proceso migratorio y cuáles son sus implicaciones en origen y destino?

3. ¿Cómo se desarrollan los procesos de integración social y laboral en los países de acogida y de origen con un eventual retorno?

4. ¿Cuáles son las nuevas formas de feminidad que reconfiguran durante el proceso migratorio?

 

Marco teórico

La comprensión de las migraciones femeninas demanda adoptar una perspectiva de análisis capaz de esclarecer los diversos mecanismos discriminatorios que atañen a las mujeres durante tal proceso. De allí la importancia de acoger el enfoque de género, el cual ha sido asumido desde la sociología y la antropología como construcción social de las desigualdades entre hombres y mujeres, destacando su carácter interactivo, relacional y jerárquico. Sin embargo, como sostienen Guzmán-Ordaz y Jiménez (2015), dicha perspectiva teórica muestra ciertas limitaciones en cuanto su centralidad analítica se basa en un solo eje de desigualdades —el género— y adolece de la articulación en torno a otros ejes relacionales que determinan un sistema complejo de estructuras de opresión múltiples y simultaneas.

Entretanto, otra cosa sucede con el enfoque interseccional, el cual resulta funcional para visibilizar los diversos factores que estratifican y segmentan las sociedades determinando el acceso desigual a los recursos de los diversos sujetos. Este tiene sus orígenes en los años 70 y 80 del siglo pasado, cuando el feminismo negro enunció las múltiples opresiones que sufrían las mujeres negras respecto, no sólo a los hombres sino también a las mujeres blancas, superando las visiones hegemónicas y esencialistas del feminismo blanco. De tal manera que mediante dicho enfoque teórico se evidencia cómo el género, la raza/etnia y la clase intersecan la vida de las personas posicionándolas en condiciones de mayor o menor opresión según las circunstancias (Crenshaw, 1989; Hill-Collins, 1990/2000). El pensamiento central de este enfoque es la noción de categorías sociales, es decir que categorizaciones a las que las personas pertenecen tales como la cultura, la religión, la clase, la raza y el género, las acaban subdividiendo en grupos diferentes según el contexto social en el que viven. Yuval-Davis (2006) sostiene que las categorías sociales existen en la forma en que las personas experimentan subjetivamente episodios de inclusión y exclusión, discriminación y desventaja, aspiraciones e identidades específicas en su vida cotidiana. Asimismo, sugiere que es importante incluir no solo lo que las personas piensan de sí mismas y de su comunidad, sino también sus comportamientos y prejuicios hacia los demás. (p. 199) Las categorías existen igualmente en el plano de las representaciones, donde se expresan en imágenes y símbolos, textos e ideologías, incluidos los relacionados con la legislación. Las diferentes categorías tienen una base ontológica diferente y deben articularse para definir los niveles de dominación que pesan sobre las personas de modo distintivo, haciéndolas experimentar opresiones y simultáneamente privilegios, de acuerdo con la especificidad de cada situación. Por su parte, Guzmán-Ordaz y Jiménez (2015) aseguran que existen factores que condicionan a las personas pero que, no obstante, no son determinantes para traducirse necesariamente en desventajas; esto es el resultado de los contextos en los cuales aquellas se desenvuelven y en la forma en como se articulan e interactúan las diversas categorías. Stolcke (2004) sostiene que la idea de interseccionalidad da mayor amplitud y complejidad al concepto de género concibiéndolo como una dimensión entre otras, dentro del complejo tejido de las relaciones sociales y políticas.

Ahora bien, en el estudio de las migraciones el enfoque interseccional se ha ido consolidando como una propuesta teórica y metodológica que pretende comprender los diversos ejes de desigualdades, así como los mecanismos de producción y reproducción de múltiples formas de dominación que intervienen en dicha experiencia. Según Anthias (1998) en las movilizaciones internacionales, las categorías de género, clase, raza, etnicidad, origen nacional pero también la edad, el estatus migratorio y la religión pueden incidir directamente en la vida cotidiana de mujeres y hombres condicionando su acceso a derechos y oportunidades, tanto como a situaciones de privilegio o exclusión. Es por eso que en el estudio de las migraciones femeninas resulta fundamental analizar las diversas identidades, roles y posiciones que las mujeres asumen durante el proceso migratorio. Igualmente, la aplicación del enfoque interseccional permite observar las posibilidades de reacción y cambio ante las diversas circunstancias que las mujeres deben afrontar, superando la visión de las migrantes como víctimas con identidades pasivas (Guzmán-Ordaz, 2011). Pero, además, según Magliano (2015) este enfoque permite comprender las relaciones de poder y los contextos en que se producen las desigualdades sociales, haciendo posible un análisis complejo de la realidad que viven los sujetos desde el abordaje de diferentes posicionalidades y clasificaciones sociales que se encuentran históricamente situadas, con lo que favorece la interpretación de los mecanismos de exclusión que marcan la inserción de las y los migrantes, en los países de asentamiento. Cabe resaltar que si bien la literatura sobre migraciones femeninas internacionales aún no es muy amplia y no se han explotado las potencialidades del enfoque interseccional (Magliano, 2015; Anthias, 2012), diversos trabajos analizan cómo el género no es una categoría aislada sino que necesariamente debe ser articulada con otras categorías en las experiencias y trayectorias migratorias de las mujeres (Ezquerra-Samper, 2008; Piscitelli, 2008).

Con todo, es importante acotar que en este estudio se ha optado por reelaborar el enfoque interseccional expuesto, con el fin de tener en cuenta las categorías de análisis que emergen del objeto de estudio específico. Es así como se ha sustituido el concepto marxista de clase por la noción de posición social (Bourdieu, 1997), consiguiendo con ello abarcar el análisis de contextos culturales situados por fuera de la lógica de clase. Luego, se ha transformado la categoría de etnia/raza en la de etnia/origen nacional, esto tanto frente a la ambigüedad que caracteriza el término “raza” como al proceso de auto-identificación que las y los migrantes realizan en relación con una pertenencia étnica y también nacional (Salvatori, 2018; Salvatori y Terrón-Caro, 2019). Tales cambios permiten centrar el análisis en los factores que, por un lado, estratifican y segmentan la sociedad a partir de elementos como el género, la posición social y la procedencia y, por otro, facilitan el estudio de los mecanismos que configuran el acceso desigual a los recursos.

Marco metodológico

El caso de mujeres mexicanas calificadas en Houston[4]

El caso específico de la migración de mujeres mexicanas calificadas hacia Estados Unidos se analizó de acuerdo con la metodología cualitativa, motivo por el cual el trabajo etnográfico se fundamentó en entrevistas semiestructuradas, un diario de campo y la observación participante (Capello, Cingolani y Vietti, 2014). Al mismo tiempo, debido a la necesidad de dotar el trabajo de investigación de un punto de vista transnacional, se optó por desarrollar una etnografía multisituada en virtud de la cual, de acuerdo con Marcus (1995), el análisis de las migraciones se abordó no solamente desde el lugar de origen, sino también desde el de asentamiento. Dentro de este marco metodológico, el trabajo de campo se realizó a lo largo de dos fases: la primera comprende el periodo 2008-2011, correspondiente a una larga estancia de la investigadora en Monterrey, con visitas a la cercana ciudad de Houston; la segunda fue llevada a cabo exclusivamente en Houston durante el verano de 2016.

Respecto de los informantes, estos se eligieron según los siguientes criterios: la procedencia, el género, el nivel de estudios y la puesta en marcha ya en Estados Unidos de un proyecto migratorio en el que Houston se consideraba una etapa importante para su desarrollo; de este modo, fueron entrevistadas 27 mujeres[5] con estudios universitarios procedentes de la zona metropolitana de Monterrey —ya fueran regiomontanas[6] por nacimiento o por “adopción” (debido a los flujos internos que siguen llegando a esta ciudad)— y con proyectos migratorios dirigidos a la inserción en el tejido social y laboral de Estados Unidos, en particular de Houston. En ambos contextos de investigación —Monterrey y Houston— los testimonios fueron recolectados con el método de la “bola de nieve”. Entre las características relevantes de las informantes se encuentra que la edad se sitúa entre los 36 y los 50 años, que una buena parte de ellas está casada (18) mientras que otras son solteras (7) o divorciadas (2) y, además, que el elevado nivel de estudios que poseen —22 tienen título de grado universitario, 4 de maestría y 1 de doctorado— las coloca en una posición social medio-alta.

El caso de las mujeres colombianas calificadas en Buenos Aires[7]

Para el caso de las migrantes colombianas que eligen como destino la ciudad de Buenos Aires, también se eligió abordar el fenómeno con una metodología cualitativa, específicamente con las “historias de vida” desde la perspectiva de Bertaux (1999), la cual resulta especialmente útil cuando se trata de comprender el funcionamiento de fenómenos sociales, sus procesos y dinámicas en un determinado contexto social, alcanzando más que explicaciones causales, posibles interpretaciones. En el trabajo de campo realizado durante los meses de mayo y junio de 2016, se utilizó la entrevista en profundidad para la recolección de los datos con el ánimo de focalizar la atención en el segmento de la historia de las informantes ligado directa e indirectamente a su experiencia de migración. En este sentido, la muestra está compuesta por 8 mujeres colombianas residentes en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, quienes fueron elegidas mediante la técnica de muestreo subjetivo por elección razonada. Los criterios básicos para su elección fueron: ser mujeres, colombianas, haber finalizado la formación universitaria y estar en Argentina cursando algún tipo de estudio de posgrado. Hay que agregar que entre ellas tienen una edad que oscila entre los 22 y los 35 años y están en edad activa tanto desde el punto de vista productivo como reproductivo: asimismo, la mayoría vivían solas, aunque en algunos momentos de su proceso migratorio han compartido la vivienda con amigos y amigas o compañeros sentimentales; en el momento de la entrevista, solamente dos de ellas vivían con su pareja en una situación afectiva estable. De otro lado, son mujeres profesionales con un nivel de educación alto, ya que todas poseen estudios de pregrado y finalizaron o están cursando estudios de posgrado. Muchas de ellas dividen su tiempo entre el trabajo y el estudio; además, tienen una posición social de nivel medio y medio-alto, gran parte son bilingües y provienen de universidades prestigiosas en Colombia.

Ahora bien, pese a las diferentes técnicas cualitativas de recogida de datos utilizadas en ambas investigaciones, su análisis según una metodología ligada al carácter discursivo de la información ha evidenciado la presencia de argumentos comunes que bien pueden ser utilizados de manera comparativa. A continuación, pasamos a examinar los resultados.

Análisis comparado de los dos estudios de caso[8]

Emigrar para calificarse 

Uno de los aspectos que unen las experiencias de las mujeres calificadas de uno y otro país es que conciben la migración como un medio para incrementar su capital cultural, así como un recurso válido para reivindicar una diferente forma de ser mujer.

Así, en el caso de las colombianas entrevistadas en Buenos Aires se pudo constatar que en la motivación para emigrar cuenta de manera significativa el deseo de obtener una mejor calificación. Las entrevistadas viajan con la proyección de realizar cursos de posgrado —especialmente de especialización—, así como para hacer pasantías de trabajo que les puedan resultar útiles para progresar en la carrera académica y profesionalmente, ello ante un mercado laboral que no las valora lo suficiente. Tales proyectos derivan de las distintas oportunidades que ofrece el contexto argentino y de la diversidad de ofertas que posee en áreas de formación inexistentes en el país de origen; justamente, eligen Argentina porque al evaluar otros destinos concluyen que este es el que ofrece las mejores opciones. En efecto, Argentina constituye un contexto de destino importante frente a la mercantilización del sistema de educación superior en contraste con Colombia, en donde si se trata de universidades públicas el acceso es excesivamente restringido en cuanto a oferta y campos de estudio, y si se trata de instituciones privadas la formación es muy costosa. A este respecto, es importante apuntar que frente a las primeras el país ha mantenido una lógica neoliberal que se ha acentuado en los últimos años, llevando adelante un paulatino proceso de desfinanciamiento estructural, mientras que las segundas no cuentan con ninguna subvención estatal (Quimbay y Villabona, 2017); en este orden de ideas, con excepción de algunos programas especiales, generalmente son los y las estudiantes y sus familias quienes tienen que sostener el peso económico de las carreras y especializaciones que permiten mejorar sensiblemente el acceso a trabajos mejor pagados y con mayor prestigio. A su vez, muchas de ellas relataron que pudieron emigrar para estudiar sin tener que sostener todo el peso de vivir en un país extranjero, gracias a programas de intercambio, becas y otras ayudas que, en algunos casos, les dieron la posibilidad incluso de trabajar simultáneamente:

Acá tenía la posibilidad de trabajar y estudiar al mismo tiempo […] hay un convenio entre las dos universidades; me dan matrícula para ejercer la profesión y tengo la posibilidad de trabajar y estudiar al mismo tiempo. Muchos de mis compañeros que vienen de otros países, o de otras universidades, no tienen esta ventaja (María Fernanda).

La migración para calificarse es, además, facilitada en muchos casos por la familia que sostiene a las mujeres para que puedan desarrollarse profesionalmente. Sin embargo, y como se hace evidente más adelante, la familia es  fuertemente ambivalente en el sentido de que, sin bien ofrece y provee recursos materiales e inmateriales —como es el apoyo económico en un comienzo o en momentos difíciles—, suele exigir que sigan sus preceptos y normas.

Por otro lado, aunque entre las mexicanas también se asiste al desarrollo de estrategias orientadas al fortalecimiento del capital cultural, las modalidades con las cuales se lleva a cabo la migración son diferentes con respecto a las argumentadas por las colombianas. En primer lugar, su formación universitaria se realiza en su propio país debido a que las universidades públicas en México logran cubrir la demanda de la población estudiantil de bajos recursos. En segundo lugar, el motivo del desplazamiento radica en la voluntad de profundizar el inglés. Para ello, utilizan generalmente las redes formales generadas por instituciones como las universidades norteamericanas, las cuales realizan cursos de idiomas o el programa au pair[9]. Este tipo de experiencia, realizado lejos del control familiar, sigue considerándose como protegido por llevarse a cabo con el soporte de una institución. Los periodos dedicados al estudio del inglés generalmente son subvencionados por los padres que, de este modo, consideran que participan en el fortalecimiento del capital cultural de las hijas, y que estas, al volver a México y a Monterrey, tendrán la posibilidad de optar por mejores empleos.  Al mismo tiempo, dicha estrategia propicia que sientan que ejercen todavía un control sobre ellas, aunque gracias a la lejanía estas logran vivir la aventura reflejada en el sentido de libertad, el cual se traduce en la experiencia de nuevas formas de socialización y  en el uso de su propio espacio, tal como emerge también en otras investigaciones (Durand, 1994; Hondagneu-Sotelo, 1994; Woo-Morales, 2001):

Al principio, la universidad me asignó una familia americana donde vivir, luego conocí a una chica mexicana en la universidad y me fui a vivir con ella y su esposo americano. Después renté un departamento yo sola, se trataba del departamento de un amigo que se iba a ir. Luego renté otro departamento con mis datos y finalmente otro con otra amiga” (Ay).

Las relaciones de género entre las motivaciones para emigrar

Sumado a lo anterior, entre las entrevistadas destacan otras razones que influyen igualmente en su decisión de emigrar, relacionadas con la dimensión emocional y afectiva. El amor es una de estas razones: algunas de ellas en ocasiones emigran para acompañar a una pareja con la que luego forman un hogar en común, mientras otras rompen la relación que las motivó a emigrar después de un tiempo. Es notorio, sin embargo que en la motivación de las mujeres entrevistadas de ambos países, aun cuando el amor constituye un incentivo para su partida, existe un deseo de desarrollo personal y de “encontrarse a sí mismas” (como muchas de ellas afirman), por lo que la emigración parece ser una excusa y un modo práctico para salir de un ambiente en el cual no estaban cómodas y satisfechas. Es más, se podría mencionar que algunas mujeres colombianas buscan independizarse no solo de la familia de origen, sino emanciparse de la sociedad en la que crecieron y que, según las propias mujeres entrevistadas, es conservadora, clasista, formal y poco dinámica. De hecho, algunas mujeres afirman que los esquemas sociales imperantes en Colombia son cerrados, rígidos, permiten poca movilidad social y, en el fondo, muy poca libertad:

Bogotá no permite el derecho a la diferencia, al menos la Bogotá que yo conozco. ¿Saliste de tal colegio? Ah, yo conozco a tal o cual persona, y terminamos catalogando por familia, pertenencia, educación; acá es otra vida […]. Yo gané migrando: soy mucho más humilde; me acerco al otro sin ideas pre-armadas, me encuentro con toda clase de gente” (María Fernanda).

Así, si bien es cierto que en Colombia en las últimas décadas la división sexual del trabajo y el modelo patriarcal en las familias han ido cambiando (Puyana et al., 2003), se constata que con frecuencia se espera que las hijas sigan manteniendo las identidades de género tradicionales.  En este sentido para algunas entrevistadas la migración conduce a situaciones de tensión y contraposiciones. Sobre esto dice Natalia: “Mi mamá soñaría con verme casada y con hijos, en una linda casa con jardín, perro y gato. Yo ni loca, quiero vivir libre (risas)”. Asimismo, comenta Luisa:

Mi papá me trata como a una niña […] como no soy casada con hijos, en mi casa no me respetan. Hay mucho machismo en la familia. […] El conflicto con mi papá no ha evolucionado, él me pide que yo lo cuide a él, eso siempre se repite.

En tales circunstancias, la migración es una forma de emancipación que hace posible desarrollar una perspectiva de vida y un proyecto personal no subordinado a los esquemas del núcleo familiar,  ayuda a subvertir roles y estatus tradicionales de género, tal como emerge también en otras categorías de colombianas migrantes que viajan hacia otros destinos (Ciurlo, 2015). Por supuesto, se trata de un largo proceso que comienza antes del viaje y que se ve facilitado por la movilidad internacional “por razones de estudio”, una motivación que las familias parecen admitir con menos dificultad por el hecho de gozar de aceptación social; incluso en muchos casos es una ambición de las propias familias pues representa una forma de progresar profesional y económicamente además de que, tal como sugiere Bermúdez-Rico (2015, p. 101), se ha convertido en un mecanismo deseable y también posible para las nuevas generaciones.

Para las mujeres mexicanas entrevistadas, la diferencia en las relaciones de género entre México y Estados Unidos es justamente la clave para que ellas decidan emprender el proyecto migratorio. Para aclarar este punto hay que mencionar que la experiencia previa en el país norteaméricano —consistente en estancias breves para veranear, visitar a los familiares que están fuera o simplemente para comprar en la frontera (ya que Monterrey dista solo unos 250 kilómetros de Estados Unidos)—, las ha familiarizado con una forma diferente de feminidad, pero también con diversas modalidades de relacionamiento entre hombres y mujeres, por lo que el proyecto migratorio se puede interpretar como el deseo de experimentar una manera diferente de ser mujer. Con todo, este anhelo puede tener un epílogo cambiante dependiendo de la finalidad del desplazamiento: hay casos en donde al regresar a Monterrey las mujeres recuperan su posición en el seno del núcleo familiar sin romper con las expectativas sociales, debido a que la migración fue motivada principalmente por el incremento del capital cultural.

Otra cosa ocurre con las mujeres que lo hacen motivadas por razones de tipo laboral. Para ellas, la movilización es una estrategia recurrente cuando el deseo de salirse de los roles tradicionales de género es persistente, haciendo de la migración por trabajo el pretexto para un cambio definitivo en relación con el papel que como mujeres desempeñan tanto en el ámbito público como en el privado:

No me voy a casar para que mi marido me mantenga, y esto es parte del hábito mexicano que yo no comparto. […] Si me hubiera quedado en Monterrey, a mi edad hubiera tenido que estar casada y con hijos (Mi).

De esta manera, análogamente al caso de las mujeres colombianas, en el de las mexicanas se trata de una modalidad que no genera rupturas con el contexto familiar. De hecho, la movilidad geográfica puede convertirse en una estrategia para mantener el estatus social del sujeto y, por extensión, del núcleo familiar cuando la situación económica y laboral en el país de origen lo dificulta. El caso de Mi es ilustrativo a este respecto: en el momento de la entrevista tiene 40 años y un máster en administración de empresas, no está casada y no tiene hijos. Vive en Houston, donde trabaja en calidad de maestra bilingüe, y gracias a su empleo ha conseguido fortalecer su posición económica, lo que le ha permitido superar la imagen inculcada por su familia de la mujer como madre y ama de casa. Su proyecto migratorio es el resultado de unas condiciones laborales decepcionantes, debido a la imposibilidad de acceder a puestos directivos a causa de la discriminación por razones de género. Por ello, en vez de seguir buscando un empleo en Monterrey, decide irse luego de certificarse en Monterrey como maestra bilingüe y buscar empleo en Estados Unidos. Mientras todo esto sucede, se enamora de un joven canadiense que la induce a replantear sus consideraciones acerca del matrimonio: piensa que casarse con un hombre extranjero representa una forma de emancipación respecto de las relaciones con hombres mexicanos que, desde su punto de vista, se caracterizan por conductas machistas. Tal estrategia, además, no crea fracturas con el núcleo familiar de origen puesto que con el matrimonio seguiría eligiendo un modelo ligado a la posición tradicional de la mujer dentro de la unidad doméstica. Poco tiempo después la relación termina, pero el proyecto migratorio de Mi continúa y algunos meses después de obtener la certificación la contratan en una escuela primaria de Houston. Aquí cabe agregar que el estado de soltería no se vuelve motivo de conflicto con los padres, puesto que el éxito de su proyecto y la inserción en un sector laboral —por demás, asociado al papel femenino por su cercanía al rol reproductivo— logran mantener a Mi dentro de un cuadro simbólico de referencia aceptado por la familia de origen.

Estrategias de inserción laboral

La inserción laboral de las mujeres mexicanas calificadas en Estados Unidos no siempre determina el desarrollo de una trayectoria de migración calificada. De esta forma, es común que en los testimonios se halle la narración de comienzos difíciles caracterizados por una condición de precariedad e ilegalidad que se supera solamente tras varios años de estancia en el país anglosajón; de hecho, en el momento de la entrevista, la totalidad de las mujeres cuenta con la green card o incluso con la ciudadanía. No obstante, es importante notar que muchas de ellas se insertan en un mercado laboral que no tiene en cuenta su nivel de formación, pues generalmente son víctimas de la imagen estereotipada de las y los  migrantes mexicanos como trabajadores de baja calificación por parte de los empleadores, así como por las personas connacionales que parecen haber interiorizado este tipo de representación social:

En México yo me sentía muy exitosa. […] Yo sentí mucho el cambio, fue muy duro. […] Lo chistoso es que la gente de México que estaba aquí, la señora que luego fue baby sitter de mi niño, que eran conocidos de mi esposo, ella me decía: “Hay trabajo de housekeeping, hay trabajo en un restaurante como mesera” […] Entonces fui, pedí trabajo y tenían una vacante en el restaurante. Y esto me pareció un poquito mejor que estar limpiando cuartos. Pero es como se percibe el hispano a sí mismo. Una vecina del departamento donde estábamos me decía: “¿Por qué no limpia casas usted?”. Yo decía: “No quiero limpiar casas”. La misma gente nos limitamos (Ma16).

La desvalorización de las características socioculturales de las migrantes mexicanas genera la invisibilización de los nichos laborales donde se insertan quienes tienen formación universitaria, como es el caso de las mujeres contratadas en las escuelas primarias públicas de Texas en calidad de maestras bilingües.

La demanda de mano de obra mexicana en este sector, y la presencia en él de muchas mujeres procedentes de Monterrey, son el producto de conexiones formales e informales entre esta ciudad y Houston que se remontan a la anexión de Texas a Estados Unidos en 1848. Tales relaciones han contribuido al aumento paulatino de la población migrante de origen latino en Texas correspondiente al 66% del total de los residentes extranjeros en dicho estado (US Census Bureau[10]), como también al incremento de la población estudiantil. Una situación que el sistema público escolar de Texas ha resuelto contratando profesionales de habla española tras la obtención de la certificación como maestro/as bilingües para facilitar la inserción en la educación primaria de los niños y niñas migrantes.

La densidad de las relaciones que se han generado entre Monterrey y Houston, y que pueden definirse como un espacio social transnacional (Hernández León, 2008), ha conducido a que la certificación para enseñar no se obtenga solo en Texas sino también en Monterrey, mediante un convenio entre la institución responsable de la educación escolar en el estado texano y la Universidad Regiomontana. Para acceder al curso impartido por esta universidad privada, se requiere tener un grado universitario, dominar el inglés y pagar la matrícula que en 2016 ascendía a aproximadamente 10.000 dólares; así, después de haber obtenido la certificación, la contratación se realiza directamente en la ciudad mexicana, donde acuden constantemente los responsables de los distritos escolares texanos para seleccionar a las y los maestros:

Vi en el periódico el anuncio de la Universidad Regiomontana [acerca del programa para maestros bilingües] y me matriculé. Después de un año ya tenía mi certificación. […] Recibí varias ofertas de empleo […]. Finalmente elegí la que me llegó de una escuela en Houston, pues casi todos los que hicieron el curso conmigo fueron a Houston (An).

Como queda claro, la certificación es el primer paso que las mujeres mexicanas cumplen para insertarse en el mercado laboral calificado en Houston. Sin embargo, en algunos casos la información acerca del programa se adquiere solamente tras la migración, después de experimentar las dificultades relacionadas con la inserción en el mercado de trabajo. Así las cosas, certificarse como maestra bilingüe se vuelve un elemento de potencial crecimiento personal y profesional que incide en el mantenimiento de una posición social medio-alta también en Houston, pese a las adversas condiciones que en ocasiones experimentan las mujeres calificadas al comienzo de su experiencia migratoria:

Yo nunca pensé en ser maestra, yo cuando estaba en México quería ser abogada. […] Ser directora de una escuela, jamás lo hubiera pensado. Cuando me vine a los Estados Unidos, lo que quería era tener una zapatería, porque para mí el inglés siempre ha sido una barrera o un reto. Creo que esto que he logrado me ha costado mucho esfuerzo. […] Creo que con los estudios voy adquiriendo más cosas […] Hice una maestría y vi que podía hacer más y ahora que estoy haciendo el doctorado…  (Ma16).

Para las jóvenes colombianas en Buenos Aires la situación se presenta de otra manera, ya que la mayoría de ellas tienen una formación relacionada con el ámbito profesional sanitario, sector que en Argentina parece ofrecer ciertas oportunidades también para las personas extranjeras. Además, es necesario recordar que muchas de las mujeres se desplazan a la capital argentina en el marco de convenios y programas de formación superior que de alguna manera las sitúan en el contexto donde después se insertarán laboralmente; incluso, en algunas ocasiones son las mismas instituciones donde se forman las que posteriormente les abren las puertas a un empleo profesional, como lo señala una de las entrevistadas: “cuando terminé la especialización me ofrecieron trabajo en la escuela y de esa manera pude empezar a trabajar muy rápidamente” (Angélica).

Entre las colombianas entrevistadas, la inserción laboral no denota trayectorias tan complicadas como las de las mujeres mexicanas en Houston, pero igualmente el estudio parece ser una de las vías para poder lograrla; no obstante, a veces la búsqueda de trabajo puede resultar larga y compleja, siendo las relaciones sociales más que las competencias adquiridas las que acaban pesando para obtener estabilidad laboral y sueldo justo. Ahora bien, pese a que el recorrido de ingreso al mercado laboral de la mayoría de las entrevistadas en Buenos Aires parece facilitado por los procesos formativos, varias de ellas sostienen que en principio la migración se configura como una empresa en la que hay una dosis de incertidumbre y las enfrenta a ciertas privaciones. Es así que a su llegada al país extranjero algunas de ellas deben trabajar en ocupaciones de baja calificación lejanas de su formación y trayectoria laboral pasada. Sin embargo, esta parece ser una condición temporal, ya que en su mayoría logran encontrar espacios no solo para continuar con su experiencia formativa o en otras ramas del campo de estudio que descubren en Buenos Aires, sino también para insertarse en sectores laborales acordes con sus expectativas y que les permiten ganar lo suficiente para vivir y estar mediamente satisfechas:

Yo migré de clase social y de país […] al inicio no tenía las mismas comodidades que allá [en Colombia]. […] No siento que haya perdido […] todo lo hecho acá es mío: mi casa, mi plata, mi lavarropas [risas] (María Fernanda).

Pese a esto, cabe señalar que algunas entrevistadas no ven su estadía en Buenos Aires como algo definitivo: con el objeto de ampliar la experiencia profesional y continuar la calificación profesional, muchas de ellas pretenden seguir movilizándose hacia otros destinos en busca de nuevos logros. Esta es una opción que atañe particularmente a las migrantes que no crean lazos fuertes de tipo emotivo en el contexto argentino y también a las que tienen una posición más elevada; los recursos que tienen a disposición, económicos, familiares y de capital social, les abren las puertas a una emigración sucesiva. Algunas manifiestan el deseo de dirigirse hacia el viejo continente donde hay ofertas académicas interesantes que quisieran aprovechar en el futuro.

La construcción de la feminidad en el nuevo contexto

En la búsqueda de nuevos modelos para autorepresentarse en cuanto al género, durante el proceso migratorio se van esbozando elementos relacionados con la propia feminidad que resultan menos conflictivos por el hecho de surgir lejos del ojo controlador y enjuiciador de la sociedad de origen y de las expectativas familiares. De hecho, en muchos casos vivir en el extranjero representa la libertad de no ser conocidas por nadie, asumir la propia vida sin tener que cumplir reglas o comportamientos determinados a priori que a menudo relegan a la mujer a roles tradicionales y la condicionan sobremanera; representa, además, la posibilidad de ir integrando referencias culturales y comportamentales nuevas. Se trata de un proceso de construcción de la propia feminidad en el que se escogen y se integran algunas referencias, mientras que se abandonan otras con profundas implicaciones en distintas dimensiones de su propio ser. Así, en lo que refiere a la expresión de la feminidad, dos entrevistadas colombianas relatan sus cambios y la posibilidad de realizarlos: por un lado, Claudia expresa que

Sí, sin ser ni hija, ni nieta, ni hermana, pude quitarme cosas exteriores que tanto me marcaron […]. Algunas cosas las tomo y las vivo y me digo “con esto me quedo”. Con otras no, es lograr “encontrarme a mí misma”. “Ser yo misma” sin tener las voces de los padres. Es poder decir “esta es MI vida”, asumiendo mi contexto, ¡porque a mí me gusta! Es ir poco a poco liberándome.

mientras que Angélica narra cómo

En mi ser mujer, sobre todo, cambié mucho. Se pudo desplegar la libertad de Ser, así con “S” mayúscula. Allá [en Colombia] hay un preconcepto, una preconcepción de lo que es “ser mujer”, son muy tradicionales, yo no quería ni aprender a cocinar.

Además, la exploración de aspectos de la feminidad también involucra la expresión sexual, y aunque en este sentido las entrevistadas parecen sentirse libres en Buenos Aires, para algunas de ellas tal libertad no es fácil de asimilar pues los condicionamientos normativos familiares y culturales están muy arraigados. De hecho, ciertas jóvenes sostienen que en Argentina las ha impactado el comportamiento de los hombres, quienes suelen ser demasiado directos —casi agresivos en ocasiones— cuando les gusta una mujer, por lo que parecen añorar otras formas de ser cortejadas. En referencia a esto, cabe anotar que la mayor naturalidad y transparencia respecto de la dimensión sexual de la existencia, con menos constricciones sociales, parece facilitar el que las mujeres la vivan más libremente como sugieren otros estudios de mujeres calificadas en Buenos Aires (Pedone, 2018). En efecto, se advierte una capacidad de agencia de las mujeres para liberarse de los constreñimientos impuestos por el contexto familiar y cultural de origen, lo que les permite cuestionar categorías históricamente naturalizadas que marcan los límites entre lo femenino y lo masculino, así como lo que es adecuado e inadecuado (Pantoja, 2010, citado en Gissi y Martínez, 2018), todo lo cual parece verse facilitado por el hecho de habitar un contexto que las entrevistadas perciben como más abierto, menos cargado de estereotipos y en el que descubren nuevas actividades que pueden hacer solas sin depender de sus amistades o de una figura masculina que las acompañe, como se espera de las mujeres en una sociedad tradicional y conservadora: “Acá hago cosas que allá nunca hubiera hecho: ir a cenar sola, irme al teatro o al cine sola, acá soy completamente independiente” (Natalia).

Frente a estos aspectos, las mujeres mexicanas calificadas comparten muchos elementos en común con las colombianas entrevistadas, pues buscan salir de lo conocido y no aceptado para ubicarse allí donde suponen que podrán experimentar otras formas de feminidad y de vivir las relaciones de pareja. Es así que Ay, lejos de las redes de control social, se emplea en bares nocturnos como mesera, sale con diferentes jóvenes, renta piso por su cuenta y realiza toda una serie de actividades “prohibidas” en Monterrey, actividades que, de acuerdo con Hirsch (1999), se vuelven posibles a causa de la invisibilidad que el anonimato de las urbes norteamericanas proporciona. Por otro lado, el binomio empleo-novio es común entre las mujeres entrevistadas como móvil de migración, con lo que expresan su inconformidad frente a pautas que imposibilitan tanto el desarrollo profesional como la posibilidad de establecer relaciones más igualitarias con las parejas:

Mis motivos para migrar han sido que para sostenerte económicamente en Monterrey tienes que tener un buen trabajo y, además, quería cambiar de ambiente para tener un poco de independencia económica y familiar y también encontrar mi media naranja. Yo nunca tuve novio en Monterrey. […] Conocí a mi esposo por internet ya estando en Houston. […] Aquí el esposo es muy atento. Las parejas son muy unidas y conviven mucho. […] Hay una falta de comunicación entre las parejas mexicanas. Yo no quería pareja mexicana porque tampoco me gusta el machismo. Nosotros compartimos hasta la tarea del hogar (Ca1).

Cabe señalar que el acento tan marcado entre aspectos positivos de las relaciones de pareja que caracterizarían a Estados Unidos, frente al carácter negativo de estas en México, distingue particularmente a las mujeres que optan por desarrollar un proyecto de vida estable en territorio anglosajón. Por el contrario, las mujeres que viajan en busca de mejorar su nivel de inglés para lograr una mejor inserción en el mercado laboral calificado de Monterrey, tienen sentimientos ambivalentes que las mantienen ancladas con fuerza a los preceptos sociales del lugar de origen; de este modo, pese a que el retorno a territorio regiomontano significa perder la libertad de la que habían gozado en Estados Unidos, no ponen en discusión las costumbres y los valores que definen el papel de hombres y mujeres en la sociedad mexicana:

Los mexicanos son más hogareños y familiares. En Estados Unidos ni siquiera me acordaba de mis padres, me sentía más liberal, me sentía más responsable y libre. […] Salí con chicos americanos […]. Tuve novio mexicano en Indianápolis. Por una parte quería quedarme con él, pero por otra quería regresar a mi país. Finalmente mi hermana fue por mí y me regresé a México (Ay).

Más allá de las diferencias que distinguen los proyectos migratorios —según si estos se realizan por motivos de estudio o por razones laborales, la cuestión del machismo es central para todas las mujeres que los emprenden. Como ya se ha mencionado, el machismo del hombre mexicano las incentiva a emprender desplazamientos geográficos que se traducen a menudo en el intento de producir nuevas subjetividades de género; pero los cambios que se realizan no siempre afectan el núcleo duro de los hábitos, llegando incluso a recrudecer los roles tradicionales de género.

Los mexicanos que emigran son de clase medio-baja y cuando están allá [en Estados Unidos] se definen más americanizados pero es mentira, porque siguen siendo machistas e incluso se hacen más, quieren poseer a las mujeres. Pero siento un cambio en las mujeres que ahora no se dejan chantajear. El machismo es mucho más arraigado allá entre ese nivel de personas. Hay una falsa moral, las mujeres se dan permiso de tener relaciones con más hombres, pero luego se quieren casar como en México; iglesia, vestido blanco. Además, se hace pero no se puede decir. En cambio, en Monterrey las cosas están cambiando, los hombres comparten más el nacimiento del bebé, cuidan más los hijos, le dan tiempo a su esposa, comparten más los deberes del hogar. Sin embargo, se trata de gente de clase medio-alta. La gente con la que conviví allá son obreros, mientras que la gente con la que convivo en Monterrey son profesionales (Sa).

En definitiva, los testimonios muestran que el contexto estadounidense más perrmisivo suele facilitar una mayor apertura hacia diferentes modalidades de expresión de la afectividad y la sexualidad. Sin embargo, entre quienes ocupan una posición social baja la mayor apertura experimentada se convierte, por un lado, en un mayor control por parte de los hombres mexicanos que intentan reafirmar relaciones de género tradicionales y, por otro, en la reproducción de las mismas por parte de las mujeres a través del matrimonio, con lo que restablecen la imagen de madre y esposa según la normativa social del país de origen.  

Discusión y conclusiones

Pese a las diferencias en los dos casos de estudio escogidos, así como en la metodología adoptada para examinar los interrogantes iniciales, es posible afirmar que ello no perjudica los resultados obtenidos, por el contrario, propone un novedoso marco comparativo sobre la migración de mujeres calificadas. Sin embargo, es de notar que una de las limitaciones implícitas en esta elección metodológica se refiere a la dificultad de ahondar en los dos casos específicos, un límite que queda compensado por la posibilidad de extrapolar algunos de los elementos que acomunan los dos casos y que resultan extremadamente significativos para el análisis de la migración femenina calificada.

En primer lugar, se pudo constatar que el reconocimiento como migrantes calificadas en el lugar de asentamiento, en línea con otros estudios (Kofman, 2012), no depende exclusivamente de la formación académica precedente sino de la intersección con otras categorías lo que hace necesaria una lectura interrelacionada de los diferentes sistemas jerárquicos operantes, los cuales dictan implicaciones en las diferentes fases del proceso migratorio. A este propósito Riaño (2011) en el estudio de mujeres calificadas en Suiza, ilustra como los diferentes momentos de la vida laboral de las migrantes, la posición socioeconómica, el origen étnico y el género determinan posiciones en algunos momentos positivos y en otros, negativos. En el estudio de Kynsilehto (2011) sobre mujeres calificadas del norte de África que migran a Francia, categorías como el ser estudiante, trabajadora, migrante de retorno, se sobreponen modificando el curso de la vida y la biografía de la persona.

En los casos contemplados en este artículo un factor significativo y determinante en el reconocimiento de las competencias es el estatus migratorio. Por ende, tanto las migrantes colombianas como mexicanas que han podido usufructuar de acuerdos de tipo académico para viajar, son las mejor libradas. Sin embargo, ligado al ascenso de la posición social merced al acceso a la formación universitaria, este factor no se puede observar singularmente; por el contrario, se debe interrelacionar con las categorías de género y nacionalidad. Es por ello que partiendo de tal intersección pudimos ahondar en los mecanismos que inicialmente producen este fenómeno desde los contextos de origen, las modalidades con que se desarrolla el desplazamiento de mujeres con estudios elevados, algunos de los cambios que se producen durante el proceso migratorio y tanto la ubicación como el posicionamiento social de las mujeres en las sociedades de destino.

En segundo lugar, entre las causas de la migración de las mujeres calificadas pudimos constatar que la movilidad se realiza según dos directrices distintas: el estudio que puede derivar en  trabajo, o bien el trabajo directamente. Por un lado, se trata de una estrategia para desafiar las difíciles condiciones del mercado laboral en los países de origen, y por otro, de una estrategia para superar las dificultades ligadas a relaciones laborales fuertemente condicionadas por el género. Si bien en ambos casos las trayectorias de asentamiento en la nueva sociedad tienen dinámicas diversas, las mujeres comparten el deseo de calificarse con miras a crecer profesionalmente y posicionarse así en mejores condiciones laborales en el futuro, sea en el país de asentamiento, en el de origen si deciden regresar a este, o en un tercer país de desplazamiento, como sucede en el caso de algunas colombianas que pretenden continuar con el proyecto migratorio en aras de obtener una formación aún superior.

A la llegada de las migrantes a la nueva sociedad suele darse un proceso de descenso social y laboral, más dramático en el caso de las mexicanas que viajan principalmente por motivos de trabajo, ya que son pocas las que logran insertarse en el mercado laboral calificado de Houston, altamente segmentado según el género y el origen. En este caso específico se da lo que se conoce como brain waste, un proceso en el que a la dificultad del reconocimiento de las calificaciones de las migrantes se suma la dificultad de acceso a posibilidades laborales y a la movilidad vertical en las sociedades receptoras (Beine, Docquier y Rapoport, 2001). Este es un proceso que no sólo tiene repercusiones en la vida productiva de las personas pues el efecto de emplearse en trabajos de baja calificación acaba deteriorando y desvalorizando el capital humano a disposición (Brzozowski, 2007), sino que golpea más a las mujeres, pues ellas están expuestas a una mayor minusvaloración de sus capacidades y competencias (Isaakyan y Triandafyllidou, 2016).

El sector de la enseñanza básica pública en Houston se consolida como uno de los pocos nichos laborales donde se insertan las mujeres mexicanas calificadas, las cuales logran de este modo ascender socio-laboralmente aunque para muchas de ellas esto signifique renunciar a sueños y mejores perspectivas profesionales. Resulta de interés notar que en los dos casos analizados las estrategias de inserción en el nuevo contexto se producen y estructuran a partir de dinámicas socioeconómicas enmarcadas por la posición social de los diferentes actores involucrados en el proceso migratorio. En este sentido, no se puede prescindir de la historia de las mujeres ni de lo que persiguen con la movilización internacional, en especial de las expectativas que no solo son personales, sino también de sus grupos familiares en muchos casos.

Otra de las matrices que la migración deja entrever da cuenta de la búsqueda de formas de feminidad que de alguna manera chocan con los modelos tradicionales de las familias, la posición social de pertenencia y las relaciones de género imperantes en sus sociedades de origen. Una búsqueda de emancipación, libertad, independencia y autonomía a la que, paradójicamente, contribuyen involuntariamente las mismas familias, en la mayor parte de los casos sosteniendo la migración con fines académicos —un paso obligado para la movilidad social y laboral. De este modo, se hacen posibles cambios que en el país de origen parecen imposibles de realizar sin crear además, fracturas dentro de las familias. Visto esto, el contexto migratorio es contemplado a menudo como un espacio que propicia nuevas prácticas y realidades, especialmente para las mujeres mexicanas que viajan por razones de trabajo y las colombianas que lo hacen por motivos de estudio. Entre ellas es notoria la satisfacción por la independencia económica alcanzada, pero también por la posibilidad de descubrir nuevas habilidades, competencias, deseos y aspiraciones. Igualmente, como una oportunidad para cuestionarse a profundidad y superar así ciertos límites, entre ellos están los dictados por las relaciones de género interiorizadas. 

No obstante lo anterior, es importante notar como sugieren França y Padilla (2017), que el campo de las migraciones calificadas y la movilidad académica, como en el caso de las colombianas de este estudio, suele ser un terreno fuertemente estereotipado en que las mujeres se ven afectadas por las jerarquías de género. Por ello, aunque tal tipología de movilidad represente innegables beneficios para las mujeres migrantes, estas pueden encontrar también obstáculos en el desarrollo de sus carreras. En este sentido, los dos casos estudiados ilustran la forma en que los cambios y las nuevas formas de feminidad se desarrollan mediante una negociación no siempre clara y lineal con las familias de origen, con el nuevo contexto y las relaciones que allí desarrollan. Por lo tanto, para las mujeres calificadas la migración puede ser motivo para romper con el esquema habitual en el que han vivido y subvertir roles, aunque también pueda envolver procesos de “re-tradicionalización”. Esto último sucede especialmente entre las mexicanas que viajan para mejorar su inglés e insertarse a continuación en el mercado de trabajo de su país de origen en una mejor posición, de acuerdo con un patrón de mayor reconocimiento laboral y económico que, sin embargo, no pone en cuestión las estructuras simbólicas de tal sociedad ni su reproducción. En otros términos: a la movilidad social que por este camino logran las mujeres migrantes no se acompaña una reconfiguración de los roles sociales y de género cuando se efectúa su retorno.

De manera general se puede concluir que las relaciones de género interrelacionadas a la posición social y al origen, no solo son esenciales para estudiar las diversas fases del proceso migratorio de las mujeres calificadas, sino que forman parte también de las causas de tal movilización; además, son funcionales a la re-significación de la feminidad y a la definición de las perspectivas hacia el futuro. Sin embargo, el impacto que produce el encuentro con mercados laborales segmentados que generan flujos migratorios de mujeres a nivel mundial, en parte minimiza la capacidad de subversión de las mujeres respecto a los límites implícitos en las relaciones de género. De hecho, el nicho laboral que se crea en el espacio social transnacional Monterrey-Houston en el ámbito de la enseñanza para las mujeres mexicanas, así como el que se crea en el sector sanitario al que acceden las migrantes colombianas en Buenos Aires —dos ámbitos feminizados y relacionados con el trabajo reproductivo— perpetúan la división tradicional de roles entre hombres y mujeres.

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**   Artículo inédito de investigación.

[1] Licenciada en Sociología por la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma (Italia). PhD en Ciencias Sociales por la misma universidad. Docente - Pontificia Universidad Gregoriana, Roma y Universidad Sapienza de Roma (Italia). Correo: alessandra.ciurlo@gmail.com ORCID: https://orcid.org/0000-0001-6134-3937

[2] Licenciada en Antropología Cultural por la Universidad Sapienza de Roma (Italia). Master en Políticas del Encuentro y Mediación Cultural por la Universidad Roma Tre (Italia). PhD en Estudios Migratorios por la Universidad Pablo de Olavide Sevilla (España). Integrante del Grupo de Investigación en Acción Socioeducativa (GIAS) de la Universidad Pablo de Olavide, Sevilla (España). Correo: sarasalvatori@hotmail.com ORCID: https://orcid.org/0000-0002-2298-4472

Fecha de recibo: 16/06/2020 Fecha de aceptación: 10/09/2020

[3] Trabajo de cuidado.

[4] Los datos hacen parte del trabajo de investigación desarrollado para la tesis doctoral de Sara Salvatori, “La migración invisibilizada de mujeres calificadas de Monterrey (México) a Houston (Estados Unidos): una interpretación desde el enfoque interseccional”, Universidad Pablo de Olavide, Facultad de Ciencias Sociales, 2018.

[5] Entre 2008 y 2011 se realizaron 21 entrevistas, mientras que en 2016 se realizaron 6.

[6] Término utilizado para referirse a los habitantes de Monterrey.

[7] Los datos hacen parte de una investigación más amplia focalizada en los aspectos psicosociales que acompañan las migraciones de mujeres colombianas calificadas en dicha ciudad (Ciurlo, Couto-Mármora y Santágata, 2016). 

[8] Para mantener el anonimato de las entrevistadas se han utilizado siglas para designar a las entrevistadas mexicanas y nombres ficticios a las entrevistadas colombianas ello con el fin de diferenciar aún más que se trata de dos casos de estudio diferentes.

[9]Es un programa de intercambio cultural para jóvenes interesadas en mejorar o fortalecer un idioma viviendo con una familia anfitriona en otro país donde cuidará de los niños y ayudará con las tareas del hogar. Para mayores informaciones véase: www.mexaupair.com.

[10] Véase: https://www.census.gov/quickfacts/fact/table/TX/POP010210